El legado de Prometeo

(Reseña)
Por Víctor Menco Haeckermann*

Miguel Torres Pereira. Estación del instante. Colección Los Conjurados, Bogotá, 2007. 73 páginas.

Cuando los hombres, necesitados de luz y calor perpetuos, recibieron de Prometeo el fuego robado a los dioses, sabían que les sobrevendría un castigo. La mitología griega nos habla de las plagas que por esa causa Zeus mandó al mundo, contenidas en la Caja de Pandora. Pero el poemario Estación del Instante, del escritor colombiano Miguel Torres Pereira, nos revela un castigo más doloroso: El fuego, en las manos de los humanos, nunca sería eterno como el fuego del Olimpo.

Fue entonces que el hombre –si preferimos la recreación del mito que hace el poeta– entendió instintivamente que la llama sería frágil en sus manos. Temeroso de perderla para siempre, la resguardó de la lluvia y el viento en el fondo de la caverna. Allí le construyó un altar y prometió avivarla cada cierto tiempo con el pasto seco de los campos, y sacarla a la intemperie sólo en pequeñas porciones, de antemano destinadas a perecer.

Esta es una de las lecturas que nos permite entender al hombre del que nos habla el poeta Torres Pereira (Arjona, Bolívar, 1960), autor también del poemario De luna y piel en otro ámbito (1996). Este sujeto, a pesar de que se encuentra en la civilización, todavía le teme al regreso de la oscuridad perpetua como castigo divino: “Tal vez esta sombra que se escurre / sea la medida exacta de mi miedo”. Vive aún en ese universo, ya no primitivo, sino primigenio, elemental, como se refleja en el poema Atrapando un poco de luz: “Bastó la orilla vacilante de las seis de la tarde / para entender que aún quedaba luz / entre mis manos / Bastó el corredor apretado de penumbras / para saber que mi madre me pediría prestada / la luz que atrapé para encender su lámpara / y convocar una legión de sombras […] Ahora comprendo por qué la ventana / permanece cerrada / Mamá cree que la noche apagará su lámpara / teme que la poca luz que aún queda en mis manos / la gasten las luciérnagas para pintar su abdomen / y la noche nos devore”.

Como hemos visto, una vez que ha perdido el fuego, este hombre se aferra, como última esperanza, a la claridad de la tarde o a la luz que le ofrecen los relámpagos en medio de la noche (la otra tarde). Necesita así sea de esos destellos de claridad para encontrarse a sí mismo: “En el celaje del relámpago / hallé el camino de la infancia […] Infancia sagrada ungida con hierbas y asombros / festejada en el filo de la luz / con una ronda de pocas voces / Sólo éramos tres anudando / miedos en el reclamo del trueno / en la desolación de los espejos / en los baúles y su abandono / Sólo éramos tres en medio de la tarde / en el corazón de la noche”.

Los tres capítulos del libro: Atrapando un poco de luz, Orillas confesadas y En otro ámbito, están atravesados por esa condena que padece el yo poético: elementos como el humo, indicio del fuego, le recuerdan a su padre inaugurando el día con una fogata como si con ella encendiera la luz diurna, o su abuelo reduciendo el tiempo al fuego. A ese mismo humo le suplica: “Muéstrame las cavernas y su incendio milenario / las erupciones y el rayo / que confiesan tu presencia fragosa / cuéntame de Prometeo y la antorcha / que encendió en la esfera del sol / del tabaco del abuelo y sus dos leguas de camino”.

El fuego terrenal está condenado a extinguirse, es el destino terrible. Es una metáfora de la vida, ya que la vida es una de las estaciones del Ser, o, ese instante que le regala la muerte; de la misma manera en que el fuego, en esencia, contiene su propia ruina: “Fue Prometeo jugando con los hombres / quien se atrevió a colocar en sus manos / el fuego / mi promesa de ceniza”. Sin embargo, el poeta, hijo directo de Prometeo, parece tener su contra-venganza. Porque, a pesar de todo, la luz de los dioses (el sol, el rayo, las estrellas, la luna y todo lo incandescente de la naturaleza) también se vuelve frágil si pasa por el lenguaje poético: al fin y al cabo hay un “relámpago que perece en la tiniebla”, “El aljibe se estremece / Su intimidad de agua / aloja una luna que se deshace / bajo diálogos de lluvia”.
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*Escritor e investigador literario.

Fuente: Dominical, diario El Universal, Cartagena, enero 20 de 2008, Nº 1132, pág. 7.
Derechos Reservados © Víctor Menco Haeckermann

"Infortunios de Alonso Ramírez", de Sigüenza y Góngora, una novela histórica del periodo colonial

Por Víctor Menco Haeckermann

Se puede violar a la Historia siempre y cuando se le haga un hijo. Alejandro Dumas

Los historiadores que de mentiras se valen habían de ser quemados, como los que hacen moneda falsa.
Don Quijote


Observaciones:
La ausencia de tildes, la utilización inusual de mayúsculas (e.g. Mexicano) y, en fin, la escritura aparentemente agramatical (e.g. Borrinquen en lugar de Borinquen) en las citas de la obra que aquí se estudia, corresponden a la escritura de la época y son tomadas tal cual de la edición que abajo se menciona.
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¿Cómo determinar, en términos históricos y/o literarios, el género al que pertenece la obra Infortunios de Alonso Ramírez[1], de Carlos Sigüenza y Góngora? Esa es una tarea que lleva por lo menos un siglo de disquisiciones. Se ha dicho que es una crónica, una novela de aventuras, una novela picaresca, que son memorias, que es todo lo anterior. En esta ponencia trataremos de dilucidar los elementos históricos y ficcionales que hacen que el texto guarde puntos de contacto con la crónica y la novela. Estas presuposiciones nos darán las bases suficientes para demostrar que estamos ante un antecedente de la novela histórica, quizá la precursora de un género que Walter Scott patentaría mucho desps con Ivanhoe (1819).

Para nuestro estudio será de vital importancia la conferencia de Fernando Aínsa titulada De Historia e ‘historias’: el Caribe como espacio ficcional[2], puesto que tal reflexión funciona como el marco teórico desde cual sustentaremos nuestra tesis. Del mismo modo entraremos a analizar algunos aspectos formales con miras a puntualizar que se trata verdaderamente de una novela.

El texto –por el momento llamémoslo así simplemente– trata de las desventuras que sufre el boricua Alonso Ramírez, desde cuando abandona su casa a los trece años: sus continuos fracasos en materia laboral, la desolación que sufre a la muerte de sus seres queridos, los afanes que le trajo la vida en ultramar, hasta su arribo en la corte del virrey, y su posterior contacto con don Carlos de Sigüenza y Góngora, quien finalmente acepta redactar sus peripecias.

El libro comienza con una introducción de Sigüenza y Góngora en la que dedica lo que allí se va a relatar al excelentísimo señor don Gaspar Sandoval Cerda y Mendoza, conde de Galve, gentilhombre (con ejercicio) de la cámara de Su Majestad, etc. (pág. 5). Luego, aparece la voz de Alonso Ramírez, quien a partir de allí es quien narra los hechos (pág. 7):

Quiero que se entretenga el curioso que esto leyere por algunas horas con las noticias de lo que a mí me causó tribulaciones de muerte por muchos años. […] Es mi nombre Alonso Ramírez y mi patria San Juan de Puerto Rico, cabeza de la Isla que, en tiempos de ahora con este nombre y con el de Borrinquen en la antigüedad, entre el seno Mexicano y el mar Atlántico divide términos.

Sin duda alguna el texto contiene características que nos harían pensar en la Crónica de la Colonia como su género principal: su carácter testimonial, el afán por precisar fechas y leguas, la conquista del mundo indígena y la expectativa frente a lo desconocido. Recordemos que durante un buen tramo del viaje de Alonso Ramírez y sus hombres, éstos carecen de horizontes prefijados, pues no saben hacia dónde se dirigen.

Sin embargo, en nuestro estudio, pronto nos veríamos obligados a desechar esta tesis porque, a la luz de lo que comenta Aínsa, “una crónica relata un tiempo contemporáneo: pretende ser un reflejo inmediato de lo que pasa. El corte temporal está ligado a la propia memoria del cronista. […] busca registrar de modo simultáneo un acontecimiento vivido para preservarlo para el futuro”[3]. Considerando lo anterior, tenemos una primera conjetura: en Infortunios la narración no es simultánea, y, aún más, está filtrada por el lente de otro que no es testigo: Sigüenza.

Al respecto, Lorente afirma: “Sin duda Alonso Ramírez «alteró» los hechos vividos en las sucesivas versiones orales que relató hasta perfilarlas «literariamente». [...] hay que recordar que el texto que nos ha llegado es la traslación escrita y «ordenada» por Sigüenza de la versión que escuchó de los labios de Alonso Ramírez”[4]. Quizá si esto no hubiese ocurrido de esta manera, si Alonso hubiese descrito el cúmulo de experiencias con su misma pluma y de manera simultánea, hoy no estaríamos poniendo en duda su carácter de crónica.

No tendríamos que hacer una exhaustiva observación de la escritura de Infortunios, para reconocer en ella rasgos propios de la escritura de la novela, caracterizada e “identificada por sus signos más formales”[5]. Lorente llama especial atención sobre la capacidad recreadora de Sigüenza, cuando llegamos al fragmento en que el capitán Donkin espeta a su tripulación para abogar por la libertad de Alonso Ramírez (pág. 21). Según el crítico, éste y otros pasajes propios de la novela picaresca “parecen con toda seguridad salidos de su pluma”[6].

En Singüenza vemos una tácita intención de impresionar. Se vale de omisiones, de reorganizaciones de los hechos en el tiempo (una nueva cronología), de estratagemas y artificios lingüísticos para conducir al lector por el cauce que él quiere: insinuar (característica primordial de la literatura, la cual se opone al carácter afirmativo de la Historia). Y sin duda alguna lo logra. Un claro ejemplo de ello está en la página 15, cuando Alonso es capturado por los corsarios ingleses que merodeaban en las aguas Filipinas:

Metiéronme a mí y a los míos en la bodega, desde donde percibí grandes voces y un trabucazo; pasado un rato y habiéndome hecho salir afuera, vi mucha sangre, y mostrándomela, me dijeron ser de uno de los míos, a quien habían muerto y que lo mismo sería de mí si no respondía a propósito de lo que preguntaban. […] Cuidadoso desde entonces de saber quién era de mis compañeros el que había muerto, hice diligencias por conseguirlo, y hallando cabal el número, me quedé confuso. Supe mucho después era sangre de un perro la que había visto, y no pasó del engaño.

Luego de leer este fragmento, nos preguntamos: ¿es éste el lenguaje de la Historia? ¿Hasta qué punto es lícito este ropaje y andamiaje narrativos dentro de ella? ¿No es más literatura que otra cosa? Compartimos con Aínsa que, en la literatura y la Historia, “la forma del texto es parecida, los procedimientos narrativos utilizados son similares y, sobre todo, están guiados por un mismo esfuerzo de persuasión”, pero que “los objetivos son diferentes”. Añade que “a pesar de la similitud entre crónicas y novelas, los discursos históricos y los ficcionales se distinguen por la intención del autor” [7].

A nuestro entender, Sigüenza quiso elaborar unas memorias de hechos reales que reflejaran la Historia, con una prosa ornamentada, sin distanciarse de los modelos precedentes como la Crónicas de Indias, pero que causaran un mayor efecto en el lector, sin percatarse, a ciencia cierta, que se estaba introduciendo en los terrenos de la novela histórica.

Algunos críticos establecen los orígenes de la novela moderna en el siglo XVIII, cuando la escritura de la novela se desarrolla bajo la sombra de la Historia, adoptando un mismo relato que la hiciera verosímil a los ojos de la época[8]. Fernando Aínsa, por su parte, ubica la relación historia-ficción en un período mucho más anterior: en la Colonia, y hace de los cronistas los responsables del surgimiento de una sincrética forma de narrar. Sobre el particular dice:

“La polisemia de lo que fuera una nueva familia textual, la novela histórica, surge de los tres componentes que ya se combinaban en las Crónicas y Relaciones del periodo colonial: la voluntad de consignar hechos, la integración de mitos y fabulaciones y la retórica discursiva para narrarlos[9].

Aún si la historia es verdadera, Sigüenza añade, hermosea y privilegia ciertos aspectos. Esto, en esencia, ya es ficción. Y debemos señalar que dentro de la Historia, en tanto discurso científico, no hay cabida para la ficción, mientras que en la literatura la Historia siempre será bienvenida. Por tal motivo, es más sensato ver en Infortunios una novela con un contenido histórico valioso. Lorente trae a la memoria las ediciones de Cummins y Bryant, y es conciente de que “son tantos los datos que ambas ediciones suministran sobre personajes y lugares, que en rigor resulta imposible negar la historicidad esencial del relato”[10].

Pero ¿acaso no sucede lo mismo cuando leemos los pie de página de Ivanhoe que muchos califican de incómodos por estar llenos de lugares y fechas?, ¿quién se atreve a negar su historicidad esencial? y ¿quién ve en su autor (Walter Scott) un historiador? Por estas mismas razones Infortunios no clasifica como documento histórico. A manera de ejemplo muy ilustrativo del tema en cuestión, Aínsa nos recuerda un pasaje de El Quijote, en el que el personaje principal afirma:

Así es, pero uno es escribir como poeta y otro como historiador: el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna[11].

En sus conferencias, Fernando no toma partido en cuanto a Los Infortunios. Sólo nos dice que “no se sabe si es la biografía de un náufrago histórico o una novela de aventuras ficticias. Al final de la historia, se relata cómo el propio Alonso Ramírez va en busca del autor para informarle de sus peripecias, pero bien podría ser un mero juego con la veracidad, un recurso novelesco para presentar una ficción como histórica”[12].

Por su parte, Gustavo Álvarez Gardeazábal, en su Manual de Crítica Literaria, admite que en muchas ocasiones los escritores terminan siendo los historiadores, los intérpretes de la cultura coetánea y los profetas de los pueblos. Además de las novelas de Scott, destaca La guerra y la paz de Tolstoi, como novelas “históricas” o muy comprometidas con el nivel crítico de una sociedad. Pero advierte el peligro que se corre al tratar de ver este tipo de novelas basadas en hechos reales como documentos históricos, citando el ejemplo de Cien años de Soledad, en la que se exagera la matanza de las bananeras[13].

Como conclusión podemos decir que la relación de parentesco que Aínsa establece entre la Novela Histórica y algunas de las Crónicas de la Colonia, nos da pie para pensar que existe un considerable corpus de estas crónicas para determinar una categoría que lo enmarque. Esta categorización bien podría denominarse Novelas Históricas del Período Colonial, e incluiría no sólo la novela de Sigüenza sino todas las crónicas efectistas. Crónicas que tienden a la reconstrucción de hechos reales desde una época posterior, y/o con el firme propósito de recrear o de ser objeto de admiración debido a su construcción estética, tal cual como afirma Ramirez: “Quiero que se entretenga el curioso que esto leyere” (pág. 7).

Todo dependerá del grado de ficción que contengan: mientras más se dude de la veracidad de los hechos, más se alejará del canon, y más se ajustará al canon de novela como tal. Las obras de este género están ahí, paradójicamente a la espera de ser descubiertas. Hemos propuesto el canon, ahora faltan los estudios. El presente trabajo es sólo a una aproximación a las Crónicas de Indias mediante otro lente que se atreve a interrogar.

Valdría la pena contrastar nuestra tesis con la de Gargurevich, para quien estos textos del periodo colonial son “proto-novelas”, e incluye en esta categoría, además de Los Infortunios, El Lazarillo de ciegos caminantes (1773) de Concolorcorvo[14]. Nosotros no nos atrevemos a llamarlas novelas en el sentido moderno, y preferimos apellidarlas tomando el contexto en el que se inscriben: el periodo colonial. Pero incursionar en la distinción de estos términos sería materia de una nueva travesía.




[1] El título original de la obra es INFORTUNIOS QUE/ ALONSO RAMÍREZ/ NATVRAL DE LA CIVDAD DE SAN JUAN/ DE PVERTO RICO/ padeció, assi en poder de los Ingleses Piratas que lo apresaron/ en las Islas Philipinas/ como navegando por si solo, y sin derrota, hasta/ varar en la costa de Iucatan:/ Consiguiendo por este medio dar vuelta al mundo/ DESCRIVELOS/ D. Carlos Siguenza y Gongora/ Cosmographo, y Cathedratico de Mathematicas,/ del Rey N. Señor en la Academia Mexicana./ CON LICENCIA EN MEXICO/ por los Herederos de la viuda de Bernardo Calderon en la calle de/ S. Agustín. Año de 1690///. En este ensayo, ateniéndonos a cierta convención que ha establecido la crítica literaria, nos referiremos a la obra en mención como Infortunios de Alonso Ramírez, o simplemente como Infortunios. Todas las citas corresponden a la edición: Carlos Sigüenza y Góngora. Seis Obras. Biblioteca Ayacucho, Venezuela, 1984. En adelante el número de página de las citas irá en el texto y entre paréntesis.

[2] Fernando Aínsa. Conferencias de Fernando Aínsa, De Historia e ‘historias’: el Caribe como espacio ficcional. CONFERENCIA II. Universiteit Gent, 20 de noviembre de 2003. Resúmenes por Ann Van Camp. En: http://www.flwi.ugent.be/nl/upload/courses/dvdbosch/AYnsaCaribe.doc, 2005.

[3] Aínsa. Op. Cit. Ibidem.

[4] Antonio Lorente. La prosa de Sigüenza y Góngora y la formación de la conciencia criolla mexicana. México, Fondo de Cultura Económica, 1996. pg. 181

[5] Barthes. Op. Cit. pg. 43

[6] Lorente. Op. Cit. pg. 182

[7] Aínsa. Ibidem.

[8] Barthes. Op. Cit. pg. 24

[9] Aínsa. Ibidem.

[10] Lorente. Op. Cit. pg. 171

[11] Aínsa. Op. Cit. Ibidem.

[12] Ibidem.

[13] Gustavo Álvarez Gardeazabal. Manual de Crítica Literaria. Bogotá, Plaza y Janes, 1984. pgs. 104-105

[14] Eduardo Gargurevich. Panorama histórico de la narrativa hispánica (Primera Parte). En: http://www.cord.edu/faculty/gargurev/narrat1.html, 2005.

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

AÍNSA, Fernando. Conferencias de Fernando Aínsa, De Historia e ‘historias’: el Caribe como espacio ficcional. CONFERENCIA II. Universiteit Gent, 20 de noviembre de 2003. Resúmenes por Ann Van Camp. En: http://www.flwi.ugent.be/nl/upload/courses/dvdbosch/AYnsaCaribe.doc, 2005.

ÁLVAREZ GARDEAZABAL, Gustavo. Manual de Crítica Literaria. Bogotá, Plaza y Janes, 1984.

BARTHES, Roland. El grado Cero de la Escritura. México, Siglo XXI, decimotercera edición, 1993.

GARGUREVICH, Eduardo. Panorama histórico de la narrativa hispánica (Primera Parte). En: http://www.cord.edu/faculty/gargurev/narrat1.html, 2005.

LORENTE, Antonio. La prosa de Sigüenza y Góngora y la formación de la conciencia criolla mexicana. México, Fondo de Cultura Económica, 1996.

SCOTT, Walter. Ivanhoe. Madrid, El Mundo, 1999.

SIGÜENZA Y GÓNGORA, Carlos. Seis Obras. Biblioteca Ayacucho, Venezuela, 1984.

Derechos Reservados © Víctor Menco Haeckermann 2007

"COSME": ¿UNA NOVELA DE REMO LUNGO O DE JOSÉ FÉLIX FUENMAYOR?*

La técnica de la "puesta en abismo" en la novela de Fuenmayor.

Por Víctor Menco Haeckermann

Don Quijote miró a su contendor [...] Sobre las armas traía una sobrevista o casaca de una tela, al parecer, de oro finísimo, sembradas por ella muchas lunas pequeñas de resplandecientes espejos, que le hacían en grandísima manera galán y vistoso.

Cervantes, El Quijote.

Resumen

El presente ensayo es un detenido análisis del capítulo XXXV de la novela Cosme, titulado “La novela de Remo Lungo”, de José Félix Fuenmayor, que va a ayudarnos a entender la tesis central: Cosme, es un ejemplo temprano de auto-referencialidad literaria (puesta en abismo o mise en abyme) en la novelística colombiana y latinoamericana moderna. Finalmente, la propuesta aboga por una reevaluación y reconstrucción del canon literario de Hispanoamérica desde este artificio.

Palabras clave: auto-referencialidad, artificio, puesta en abismo, espejo, novela moderna, canon.

Abstract: The current essay is a thorough analysis of the chapter XXXV of the novel Cosme, titled “La novela de Remo Lungo”, by José Félix Fuenmayor, which is going to help us to understand the main thesis: Cosme, is an early example of self-referentiality (hall of mirrors or mise en abyme) in the Colombian and Latino American modern novelistic. Finally, the proposal pleads for a revaluation and rebuilding of the Hispano-America´s literately canon from this artifice.

Key words: self-referentiality, artifice, hall of mirrors, mirror, modern novel, canon.
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En esta lectura trataremos de concentrar nuestra atención en el capítulo XXXV de Cosme, un capítulo que en la mayoría de los estudios de la obra del escritor barranquillero José Félix Fuenmayor es abordado desde la sociocrítica. Aquí nos inclinaremos por una perspectiva que juzgue la obra desde su propia estética, pues para nosotros, este fragmento da las pautas de arquitectura literaria para descubrir el andamiaje sobre el que está construida toda la trama y viceversa. Por ello, a nuestro entender, se trata de auto-referencialidad literaria, de un inteligente juego de espejos.

Comencemos por resumir lo que acontece en dicho capítulo: Cosme, el personaje principal, entra a un bar en el que se dispone a esperar a que la señorita Tutú mande a su cochero. Allí se encuentra a Remo Lungo, un borrachín adulador que no parece decir nada interesante hasta que se revela como novelista:

Y sacando del lugar menos limpio de su cuerpo un paquete hecho con las tapas grasientas de un libro y amarrado con un cordel negrecido, lo ofreció a Cosme.[…]

–¿No parece un libro? Pues un libro es, joven caballero, mi libro. Dedicatoria: Al alto espíritu de Cosme, el alto agradecimiento de Remo Lungo. Este es mi homenaje: mi novela. […] Vamos a ver cómo sería... cómo es mi novela. He aquí una idea general sobre el escenario en que situaría... en que he situado la acción. Expliquemos también la época en que esa acción se desarrolla y después indicaré los personajes que muevo y el asunto que trato. (Fuenmayor, 1985, 118, 119).

A partir de aquí manifiesta su idea de lo que debe ser una novela. Así se expresa en cuanto al espacio: “No he creído indispensable apropiar una palabra para distinguir el lugar donde pasa mi invención. El uso de dar nombre a las poblaciones obedece a necesidades extrañas a la novela” (119). Este es el primer y sorprendente indicio de que Remo está hablando de Cosme. Y así como los nombres de la ciudad en la que transcurre Cosme y las poblaciones por las que se desplaza el Zangamanga -barco dirigido por el capitán Truco- permanecen velados para los lectores, los nombres de los personajes tampoco tienen una correspondencia con la realidad. Remo lo argumenta: “Yo no sé hacer historia y estimé incómodo el transportar solapadamente sujetos reales a la retórica de mi novela.” (119).

Decimos que es sorprendente, y además revelador, porque cuando vemos a un borrachín vestido de harapos que va a comentar la trama de su novela esperamos que ésta sea sobre su vida o sobre cualquier otra cosa, en el último de los casos que sea sobre los personajes “perversos” y circunstancias adversas que rodean a Cosme, su interlocutor en aquel bar. Mucho más asombroso resulta el hecho de que Remo quiera darnos una lección de ética y de justicia a través de una novela, siendo que él mismo se constituye como un personaje avivato y vividor. Irónicamente, Fuenmayor pone en Remo estas palabras: “Con mezclas y combinaciones de mis propios elementos morales, instituí el carácter de personajes de mi obra […] no me ha sorprendido el comprobar que pude, sin violencia, extraer de mí mismo, para mi libro, algunos déspotas, unos cuantos bellacos y aún tipos de más fuste en la ciencia de vivir, cual son sin duda los buenos sinvergüenzas” (119).

¿Quiénes podrían ser estos personajes sino los de Cosme? En palabras de Remo, personajes con “atributos bestiales”, regidos por “el vientre y la cabeza”, “dóciles al temor, a la crueldad, a la hipocresía, al fraude, a la debilidad” (119). Remo Lungo nos describe una novela donde las reglas del juego la ponen los personajes “perversos” y “sinvergüenzas”. Veamos cuantitativa y cualitativamente los personajes de Cosme que pueden entrar en esta clasificación: hay dos tramposos borrachines (Cheque y Remo Lungo); varios abogados y acreedores avivatos (Fregolín y Mr. Perheth; Boca Hermanos y todo Richardson and Williamson); un mecanógrafo utilitarista y explotador (Barbo); un comerciante corrupto (Pechuga); un capitán de barco fraudulento, grotesco y asesino (Truco); una maestra acosadora y corruptora de menores (Dora); cuatro compañeros belicosos, felones y cómplices del mal (Mandarriaga, Crispín, Florián y Senén); una niña traidora (Lucita) un bedel injusto (Chamorro); ocho prostitutas secuestradoras; dos vecinas insensibles, oportunistas e hipócritas (Pabla y Ambrosia); una empleada en principio diligente pero al final irresponsable (Saturita); un padre amoroso pero alcohólico y suicida (Damián); un médico y amigo leal de la familia (Patagato): una madre sobreprotectora y tímida (Ramona); y un joven extremadamente bondadoso e ingenuo, protagonista de la historia (Cosme).

A excepción de los cuatro últimos personajes —que son, por lo demás, los principales­—, todos los personajes de Cosme representan la “maldad” de la que habla Remo Lungo. Constituyen un gran porcentaje del total de los personajes y son quienes determinan las acciones y hacen sucumbir a los cuatro ya mencionados, principalmente al joven protagonista, quien es víctima de todos y de todo (desde las más atroces explotaciones laborales del señor Pechuga y del secuestro de las prostitutas, hasta las cuitas de sus padres, el abandono de Saturita y la traición que le hace su amada Lucita al irse con uno de sus amigos).

Siguiendo con el discurrir del pasaje de Remo Lungo, se llega a un punto en que Fuenmayor utiliza su disertación para hacernos un guiño a nosotros los lectores, al hablar de la importancia de crear una obra atemporal como Cosme:

-Los sucesos que narro no tienen época. Son de todo tiempo, porque en ellos agito los mismos títeres humanos que, desde la soledad extrema del Edén hasta la extrema compañía de... del comunismo, poco o nada han cambiado de su perversidad fundamental y de su miseria nativa. Al principio, aguzaban el sílice para matar y comer. Después, han establecido instituciones ya venerables. (119)

Hacia allá apunta también la novela de Fuenmayor: a través de un humor negro trata de denunciar la “perversidad” de sus personajes, y nos pone de manifiesto la labor de las “instituciones venerables” cuyo único oficio es “matar y comer”, tales como las empresas de acreedores Boca Hermanos y Richardson and Williamson.

Hasta aquí hemos podido mostrar que Remo, como un recurso de auto-referencialidad, describe los lineamientos de la novela de Fuenmayor. Pero, de igual manera, es nuestra obligación precisar de qué tipo de referencialidad se trata y compararla con otros textos para dilucidar su verdadera importancia. Algunos estudiosos de la obra de Fuenmayor catalogan este pasaje como metaliteratura, sin ir más allá. Para nosotros es metaliteratura en tanto que un personaje habla de literatura. En este caso, Remo Lungo da las pautas de lo que para él es una novela: desvinculación del espacio real, ahistoricidad de los acontecimientos, la no originalidad de la historia, etc. Pero aquí, a nuestro modo de ver, lo que prima como intencionalidad es la puesta en abismo. Puede haber puesta en abismo sin metaliteratura (Las mil y una noches, por ejemplo), y metaliteratura sin puesta en abismo (toda obra en donde narradores y personajes hagan alusión a pasajes y autores distintos a los de la ficción en donde están insertos). En Fuenmayor confluyen ambas. Se da una metaliteratura que utiliza como estructura la puesta en abismo.

Para el escritor francés André Gide, a quién se le debe la denominación de este recurso por analogía con el paralelismo visual que sugería la heráldica, es puesta en abismo “todo espejo interno en que se refleja el conjunto del relato por duplicación simple, repetida o espacio”[1]. Patrice Davis (1998, 295), en su Diccionario del teatro, lo complementa:

La mise en abyme o puesta en abismo es el procedimiento que consiste en incluir en la obra (pictórica, literaria o teatral) un enclave que reproduce algunas de sus propiedades o similitudes estructurales. [...] La reflexión de la obra externa en el enclave interno puede ser una imagen idéntica, invertida, desmultiplicada o aproximada”.


Aunque se ha especulado que este recurso es heredado desde la pintura–recordemos el célebre cuadro Las Meninas de Velásquez, que le valió a Michel Foucault un análisis sobre la representación titulado Las palabras y las cosas-, como artificio literario ya elaborado y denominado tiene sus antecedentes en pasajes de obras cumbres de la Literatura Universal: en La Ilíada el canto del bardo y en La Odisea el escudo de Aquiles aluden a sucesos de la batalla de Troya; en La Eneida, Eneas se reconoce en los murales que representan la batalla; en Las mil y una noches, Scherezade, la noche 602, relata una historia igual a la de Las mil y una noches donde a su vez aparecen ella y el rey; en Hamlet, el personaje principal es espectador de Hamlet; y en El Quijote, los personajes conocen tanto el libro donde se narran sus hazañas como a su autor.

Sin embargo, de una manera mucho más sutil y más cercana a la de Fuenmayor, cronológica y formalmente hablando, lo vemos en Unamuno. En un pasaje de su obra Niebla (1914), este español amante y estudioso de la obra de Cervantes describe la intención de hacer una novela muy particular (la famosa nívola), que no es otra distinta a Niebla, muy caracterizada por su proximidad a la dramaturgia por la excesiva utilización de diálogos. ¿Cómo procede? Muy parecido a como lo hace el barranquillero: Coloca a un personaje (Víctor) a conversar con el protagonista (Augusto). A Víctor la idea de hacer una novela lo obsesiona, una novela distinta a las demás, y sorprendentemente los personajes terminan comentando y describiendo la novela de la cual hacen parte:

—Mi novela no tiene argumento, o mejor dicho, será el que vaya saliendo […] Mis personajes se irán haciendo según obren y hablen, sobre todo según hablen. Y a veces su carácter será el de no tenerlo.

—Sí, como el mío.

—No sé. Ello irá saliendo. Yo me dejo llevar.

—¿Y hay psicología? ¿Descripciones?

—Lo que hay es diálogo; sobre todo diálogo. La cosa es que los personajes hablen, que hablen mucho, aunque no digan nada. (2002, 124).

Estos pasajes que hemos visto nos recuerdan a dos relatos contemporáneos al de Fuenmayor, pero de un acabado mucho más complejo, tal vez por eso considerados los máximos exponentes de la técnica puesta en abismo en Latinoamérica. Estamos hablando de los relatos El Aleph, de Jorge Luis Borges y Continuidad de los parques de Julio Cortázar. En el caso del primero sospechamos que, al igual que Fuenmayor, el argentino trató de tomar el recurso concientemente de Unamuno[2]. Sin embargo, el colombiano no pudo haber estudiado los textos de Borges y de Cortazar puesto que la primera edición de El Aleph data de 1949, mucho después que la de Cosme (1920), y sólo hacia 1960 se publica el cuento Continuidad de los parques en una importante revista argentina.

En Colombia, lo más parecido a este fenómeno en la literatura próxima a Fuenmayor es el que constituye la novela de José Asunción Silva De Sobremesa (terminada aproximadamente en 1896, antes de su suicidio, pero sólo publicada hasta 1925, 5 años después de Cosme). En ella aparece un poeta que escribe un diario y en él se refiere a otro diario que admira (el de una rusa). Con todo, la novela de Silva no alcanza a ser un artificio elaborado. No era ésta su intención, sino la de hacer alusiones que más bien incluyeran las fuentes y la inspiración de Silva, por medio de su alter ego (Fernández).

Álvaro Pineda Botero (1990) en su libro Del mito a la posmodernidad. La novela colombiana de finales del siglo XX, dedica un capítulo a la estructura en abismo[3] y a su uso en la novelística colombiana del siglo en cuestión. Como es de esperar, menciona la citada novela de Silva. En orden cronológico, le suceden La vorágine (1924), de Rivera; El buen salvaje (1966), de Eduardo Caballero Calderón; Cien años de soledad (1967), de Gabriel García Márquez, hasta que llega donde Rafael Humberto Moreno-Durán, con El Toque de Diana (1981).

A partir de lo anterior podemos ir sacando conclusiones: 1) José Félix Fuenmayor se desentendió de las referencias narrativas locales y continentales al tomar a Unamuno como modelo. 2) Los estudios críticos tanto en Colombia como en Latinoamérica han elaborado un canon de novelas artificiosas que excluye la obra de Fuenmayor, desconociendo las innovadoras estructuras formales que plantea con Cosme. 3) En las obras colombianas cercanas a Cosme (De sobremesa y La Vorágine) no vemos una elaboración estética suficiente para que puedan ser consideradas exponentes del artificio, sino más bien como aproximaciones.

Para argumentar un poco más el primer punto, es preciso decir que en Cosme el autor crea el espejo en el que se ve Cosme. Un espejo más parecido al de Unamuno que al del propio Cervantes, y muy distante de lo que hacen Borges y Cortázar. En estos dos últimos, aunque sí hay espejos, la sensación de abismo o de infinitud no proviene de una alusión indirecta de uno de los personajes, sino de los hechos. Tampoco se trata de una reproducción del pasaje de Niebla ni del Quijote, puesto que en ambos casos los personajes principales, tanto Augusto como don Quijote, reconocen estar insertos en la ficción.

¿Por qué decimos entonces que está más próximo a Unamuno? Porque Remo al igual que Víctor, el amigo de Augusto, en ningún momento reconoce estar dentro de una ficción. En ambos textos los personajes hablan hipócritamente al lector para arrojar pistas sobre lo que están leyendo. Recordemos que es Augusto, y no Víctor, quién, conciente de su posición de personaje literario, al final se enfrenta con Unamuno. Víctor, mientras tanto, se contenta con hacer guiños al lector sobre la novela al igual que Remo.

Aunque es posible que existan otras obras no tan conocidas que contengan espejos dentro de ellas, la importancia de este capítulo de Cosme es bastante significativa en la narrativa moderna latinoamericana, si es que vemos como un rasgo de la modernidad literaria la exageración y sofisticación de las técnicas narrativas que se habían insinuado desde antigüedad; el afán por incluir al lector, al autor y a los personajes dentro de la obra; y la conciencia del oficio de escritor. Con Cosme se vislumbraba tempranamente la reapropiación de la obra de Unamuno que fue determinante para la generación del denominado Boom Latinoamericano. Creemos haber demostrado con esto que si el escritor colombiano no cuenta con la debida atención de los críticos, no es por calidad, como dejó ver el inicio de este ensayo, sino por no hacer parte, en su momento, de una estrategia editorial.

Otra de las conclusiones que podemos sacar de las ideas esbozadas con anterioridad es la de que el capítulo XXXV de Cosme, titulado “La novela de Remo Lungo”, no está incluido ingenuamente, aunque parezca un injerto por su irrelevancia dentro de la trama como tal. Tampoco está incluido únicamente como una pieza sardónica contra la sociedad barranquillera de la época, como suelen reducirlo la mayoría de los estudiosos de la obra de Fuenmayor. Su principal función es transmitir la sensación de infinitud o de reflectividad, por lo que necesariamente tienen que aludir a las circunstancias, a los espacios y a los personajes “perversos” que hay en ella. Más bien es la novela Cosme, y no el pasaje de Remo, la que hace la crítica social. El personaje lo que hace es aludir a la novela, explicitando sutilmente la crítica a través de un espejo en el que la novela se ve desnuda.

En síntesis, la auto-referencialidad literaria descubierta en Cosme pone a flor del ejercicio hermenéutico la adopción de un camino de la imaginación artística y heurística, auxiliada de espejos que se miran a sí mismos: autor, lector y personajes. Espejos para proyectar el universo del sujeto creador y espejos de rostros de criaturas que dialogan con la crueldad del mundo real y realidad de la ficción. A todas estas, ¿quién es el verdadero autor de la novela? Para quienes acepten las reglas del juego de este texto fantástico entenderán que hay dos autores, o uno mismo que ilusoriamente se desdobla. Que decidan los espejos.



[1] André Gide (El espejo en la novela). Citado por: Enric Sullà (1996, 27,28).

[2] En el Prólogo de la edición 1969 de Fervor de Buenos Aires publicado tres años después de la publicación de Cosme en 1923, Borges (1977,19) confiesa: “me propuse demasiados fines: remedar ciertas fealdades (que me gustaban) de Miguel de Unamuno”.

[3] Ver el capítulo titulado La estructura abismal.

BIBLIOGRAFÍA

Borges, J.L(1977). Obra Poética (1923-1977). Buenos Aires: Emecé.

Davis, P (1998). Diccionario del teatro. Barcelona: Paidós.

Borges, J.L(1977). Obra Poética (1923-1977). Buenos Aires: Emecé.

Davis, P (1998). Diccionario del teatro. Barcelona: Paidós.

Fuenmayor, J.F. (1985). Cosme. Oveja Negra: Bogotá.

Pineda Botero, A. (1990). Del mito a la posmodernidad. La novela colombiana de finales del siglo XX. Bogotá: Tercer Mundo

Sullà, E (1996). Teoría de la novela, Barcelona: Crítica.

Unamuno, M. de (2002). Niebla. México: Editores Mexicanos Unidos.

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*El presente ensayo hace parte de las memorias del XXIV Congreso Nacional de Lingüística, Literatura y Semiótica, Universidad Popular del Cesar, Valledupar, 2006.

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Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. Jesucristo (Apocalipsis 3:20).